Europa: El día después del Brexit

tensiones con el brexitHace 65 años, cuando incluso la idea misma de una Unión Europea tal como la conocemos ahora parecía una utopía, surcar las carreteras entre Lisboa y Bucarest obligaba a la presentación de pasaporte en al menos seis fronteras. El comercio entre los pueblos europeos estaba sujeto a derechos de aduana de todo tipo y condicionado por la maraña de diferentes monedas nacionales y sus tipos de cambio.

Hoy ninguno de estos obstáculos subsiste para las democracias que comparten el euro.

En aquellos tiempos, el orden mundial se había tornado bipolar y Europa tenía un rol geopolítico claro.

Hoy, más allá del innegable declive de los últimos años del proyecto europeo, la palabra de Bruselas sigue siendo escuchada en los principales foros multilaterales.

Por supuesto que, para sobrevivir, cualquier proyecto político necesita añadir periódicamente valor a los logros del pasado. Pero justo es señalar también que, aun en tiempos de crisis profunda, Europa sigue exhibiendo 65 años ininterrumpidos de paz, de prosperidad y de libertad. Y esto, en un continente históricamente propenso a la beligerancia, es un hecho sin precedentes que elevó el nivel de posibilidades de la humanidad en su conjunto.

Es un hecho que la vacilante respuesta europea a la crisis financiera iniciada en 2008 profundizó las asimetrías entre los Estados miembros. Es una evidencia que la anexión rusa de Crimea evidenció la ausencia de una diplomacia verdaderamente comunitaria. Es innegable que la resistencia a la acogida de refugiados hirió la matriz social europea. Y también está la certeza de que la anunciada salida del Reino Unido de la Unión Europea constituye un terremoto político de réplicas imprevisibles.

Pero es igualmente innegable que, aun en el capítulo más negro de la historia reciente de la Unión Europea, incluso en la culminación de esta auténtica tormenta perfecta, solo un demagogo masoquista se atrevería a reivindicar la Europa que existía antes del final de la guerra y la creación de la Unión.

En el peor de sus momentos la Unión Europea es francamente mejor que todo lo que le precedió.

Y esto, abiertas las urnas del Brexit y conocido su resultado, es una premisa a tener muy presente en el largo y contencioso divorcio que se inicia entre Bruselas y Londres para concretar la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

La prudencia es mejor consejera que el rencor. El Brexit no ha dejado ganadores. El Reino Unido perdió. La Unión Europea también perdió. Inútil resultaría ahora una competencia pública para ver quién pierde más.

Del lado de Europa se abren dos caminos posibles: el de la represalia y el de la esperanza. Un poco de ambos parece inevitable porque rara vez un matrimonio de 43 años termina en un divorcio amigable con una separación equitativa de bienes. La ira es también una emoción política.

El camino de la represalia se rige por la tercera ley de Newton, según la cual para cada acción hay siempre una reacción opuesta de igual intensidad. El rumor de que el idioma inglés podría dejar de ser una de las lenguas oficiales de la Unión Europea y el acercamiento de Bruselas a Escocia evidencian una tentación revanchista que el pasado, desde el Congreso de Viena hasta el Tratado de Versalles, demostró contraproducente.

Aun así, no es difícil entender la motivación política anidada en la firmeza con que la Unión Europea quiere tratar la salida del Reino Unido: prevenir que, alentados por el populismo euroescéptico, otros países miembros se sientan tentados a refrendar su permanencia en la organización. En cierta medida, impedir que el exit se convierta en un sufijo irremediablemente popular en el espacio europeo es puro instinto de supervivencia. Sobre todo si consideramos que en 2017 habrá elecciones en Francia y en Alemania.

Sin embargo, es el valor intrínseco de vivir en Unión y no la promesa de sancionar el separatismo con severas medidas lo que debe guiar a los restantes 27 Estados para salvar el proyecto iniciado por Adenauer, Monnet y Bech. Llegamos entonces al camino de la esperanza, que se divide en tres etapas: diagnóstico, prueba de realidad y reforma.

En un primer momento resulta esencial que Bruselas reconozca todos los pasos en falso dados y que condujeron a la Unión a su actual estado de letargo político. Identificar con precisión las causas estructurales del problema europeo es prioritario. Para ser fiable, el diagnóstico requiere de una buena e inédita dosis de autocrítica.

El proceso de financiarización de la política iniciada en Maastricht y la “germanización” del poder europeo que la ha acompañado contribuyeron decisivamente a alejar a la Unión de los ciudadanos a los que debe servir. Muchos de los votos británicos a favor del Brexit vinieron justamente de poblaciones de zonas periféricas que sintieron que nada tenían que perder dando la espalda a Europa.

En un segundo momento resulta imprescindible destacar que el euroescepticismo es un salto al vacío sin plan B y sin inmunidad posible a las leyes de la gravedad. Para concretar esta prueba de realidad basta escuchar las señales que todos los días llegan del archipiélago británico: crisis de liderazgo en los dos principales partidos, manifestaciones que piden la repetición del referéndum, incertidumbre económica, renovados pedidos de independencia de Escocia e Irlanda del Norte y una sociedad sedienta de respuestas que su gobierno dimisionario simplemente no tiene.

Diagnosticados los errores internos y contenido el euroescepticismo rampante, la Unión Europea debe, en un tercer paso, reformarse internamente, y lo ideal sería a través de un nuevo Tratado que corone una discusión general e inclusiva. Urge diluir el déficit democrático de las instituciones europeas. Urge aún más alinear la agenda de Bruselas con las reales preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

El camino de la esperanza obedece, así, a la primera ley de Newton: todo cuerpo permanece en estado de reposo a menos que otros cuerpos actúen sobre él. El Brexit puede, de hecho, ser no ya el inicio del fin sino una preciosa oportunidad para recomenzar.

Por Jorge Argüello

Publicado en Veintitrés

11/07/2016

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